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Mostrando entradas de diciembre, 2008
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A veces tengo la impresión de que ocurren mil y una aventuras en mi vida y no estoy presente en ninguna de ellas. Los conceptos están vacíos sin sensaciones.

Plorāre

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Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.
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Sentía un cansancio abrumador. Por el momento, la prueba había terminado. La policía había visto las sábanas manchadas y sus larguísimas piernas rematadas por los zapatos rojos de tacón alto. Habían escuchado en silencio su llorosa narración del historial médico de aquel hombre, incluidos los dos ligeros ataques al corazón ocurridos antes de que se conocieran. Incluso el agente más joven -era cierto que el uniforme hacía parecer más jovenes a los policías- se había ruborizado. Ella había murmurado algo sobre la esposa que lo esperaba en Richmond, y que todo aquello era horrible. El policía más viejo le rogó que no se preocupara por eso, señorita, su compañero se ocuparía personalmente de dar la noticia a la señora Anstey. Fue todo lo que se sintió capaz de hacer: reprimir el deseo de dar ella misma la noticia a la viuda: Oh, y a propósito, Lorraine... sus últimas palabras fueron: "Voy a correrme, so zorra...".
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En otra ocasión entrevistó a un joven actor de moda de un hotel de Kensington. Estuvieron encerrados en su habitación una semana, encargando cocaína, champaña y caviar a las diversas despensas del hotel. El día en que él debía marcharse, estaba especialmente silencioso. No la miró una sola vez mientras hacía las maletas, y ella intuyó que estaba ya ensayando interiormente su siguiente papel: el de novio amante y confiado de la asquerosamente rica heredera de Manhattan con la que estaba comprometido. -¿No vas a dejarme ningún recuerdo por los días que hemos pasado juntos?-le preguntó por fin ella, entre coqueta y desesperada, desde la cama. Él se enfundó las botas de vaquero, se puso en pie y la miró de arriba abajo. -Ya te he dejado algo-dijo en voz baja-. Herpes.
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Saltó de la cama luciendo su teddy de Janet Reger, con el aspecto de una prostituta y los pensamientos de un rufián. Se miró en el espejo y pensó que aquel frágil atuendo debía cargar por lo menos con las dos terceras partes de la culpa por la temprana muerte de Charles Anstey. Eran tan previsibles los hombres, pobres criaturas; a todos sin excepción les chiflaba una buena mamada, los tacones altos y los teddies negros de Janet Reger. Si alguna vez viajaba al Amazonas y encontraba una tribu absolutamente virgen de contactos con el hombre blanco y con la revista Playboy, estaba segura de que, en cuanto lo probaran, también ellos querrían mamadas, tacones altos y teddies de Janet Reger.