Varios pollos blanquinegros, sin ojos o con una sola pata, todos deformes, vienen a picotearme las hebillas brillantes de los zapatos. El herrero sigue aporreando su trozo de metal, dos golpes rápidos y tres lentos, una y otra vez, hasta que uno se da cuenta de que es la línea de bajos de una canción de Radiohead que le gusta.

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