El amor joven es un lemming: nace para morir. Y te deja con ese tedio resentido que tú experimentaste por última vez cuando eras una adolescente que vivías en familia; ¿por qué no me dejas en paz, por qué no me comprendes, por qué no te mueres? Hasta que un día simplemente te vas, y mientras estás sentada en el autobús buscando con qué pagar el billete, cuentas las monedas sueltas que te quedan y descubres que has gastado diez años enteros de tu vida. La única diferencia estriba en que esta vez lo has hecho voluntariamente, y que cuando eras niña podías permitirte matar el tiempo. Pero ahora, cuando te miras al espejo, ves que es el tiempo el que te está matando a ti. Ves que ya no eres tan impecablemente joven; los golpes y los fracasos han ido dejando señales en tu cuerpo y en tu mente.
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Hay cosas, momentos, personas, olores, canciones... que no se olvidan nunca. Quizá permanezcan escondidos en algún bolsillo de un pantalón viejo que no usas desde hace ya una decena de años, pero luego ese recuerdo vuelve a ti y puedes sentirlo, lo sientes con más fuerza que nunca. Y parece que estás ahí, otra vez, viviéndolo. Es una sensación extraña, demasiado viva. Es un sentimiento que te hace estar menos muerta por unos instantes. No sé, no se puede explicar, ni definir. Es algo demasiado hermoso como para estropearlo con una frase o una larga explicación. A veces hay recuerdos que duelen, pero necesitas de ellos para seguir adelante, para no volver a cometer los mismos errores, y aprender. Joder, aprender ... qué difícil. Tropezar con la misma piedra parece que siempre ha sido mi filosofía de vida.
A la edad de 25 la mayoría de la gente estaba acabada. Todo un maldito país repleto de gilipollas conduciendo automóviles, comiendo, pariendo niños, haciéndolo todo de la peor manera posible, como votar por el candidato presidencial que más les recordaba a ellos mismos. Yo no tenía ningún interés. No tenía interés en nada. No tenía ni idea de cómo lograría escaparme. Al menos los demás tenían algún aliciente en la vida. Parecía que comprendían algo que a mí se me escapaba. Quizás yo estaba capidisminuido. Era posible. A menudo me sentía inferior. Tan sólo quería apartarme de ellos. Pero no había sitio donde ir.

El tiempo no tiene porque matar la imagen, da una diferente y en muchos casos, la mejora jeje
ResponderEliminarBesitos!!