De vez en cuando, te cae uno de esos días en que todo es en vano... un mal viaje del principio al fin. Y si de veras sabes lo que te conviene, lo que tienes que hacer esos días es acurrucarte en un rincón seguro y observar. Quizá pensar un poco. Recostarte en una silla de madera barata, aislada del tráfico y arrancar hábilmente las tapas de cinco o seis Budweisers... fumarte un paquete de Marlboro, tomar un bocadillo de manteca de cacahuetes y, por último, hacia el atardecer, tomar una pastilla de mescalina... luego salir en el coche hasta la playa. Llegar hasta las olas, en la niebla, y chapotear por allí con los pies helados a unos diez metros de las olas... cruzándote con pequeñas aves estúpidas y cangrejos, y de vez en cuando un gran pervertido o un desecho lanudo que se aleja cojeando y que vagan solos detrás de las dunas y de la basura que deja el mar...
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Hay cosas, momentos, personas, olores, canciones... que no se olvidan nunca. Quizá permanezcan escondidos en algún bolsillo de un pantalón viejo que no usas desde hace ya una decena de años, pero luego ese recuerdo vuelve a ti y puedes sentirlo, lo sientes con más fuerza que nunca. Y parece que estás ahí, otra vez, viviéndolo. Es una sensación extraña, demasiado viva. Es un sentimiento que te hace estar menos muerta por unos instantes. No sé, no se puede explicar, ni definir. Es algo demasiado hermoso como para estropearlo con una frase o una larga explicación. A veces hay recuerdos que duelen, pero necesitas de ellos para seguir adelante, para no volver a cometer los mismos errores, y aprender. Joder, aprender ... qué difícil. Tropezar con la misma piedra parece que siempre ha sido mi filosofía de vida.
A la edad de 25 la mayoría de la gente estaba acabada. Todo un maldito país repleto de gilipollas conduciendo automóviles, comiendo, pariendo niños, haciéndolo todo de la peor manera posible, como votar por el candidato presidencial que más les recordaba a ellos mismos. Yo no tenía ningún interés. No tenía interés en nada. No tenía ni idea de cómo lograría escaparme. Al menos los demás tenían algún aliciente en la vida. Parecía que comprendían algo que a mí se me escapaba. Quizás yo estaba capidisminuido. Era posible. A menudo me sentía inferior. Tan sólo quería apartarme de ellos. Pero no había sitio donde ir.

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